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31 mayo 2021

El 20% de las consultas de atención primaria son por depresión y ansiedad, cifra en aumento por la pandemia

 Las enfermedades psiquiátricas como la depresión y ansiedad representan, desde hace años, en torno al 20% de las consultas de atención primaria, según diversos estudios[1]. Ahora, con la situación de pandemia y sus efectos sobre la salud mental, los expertos esperan un aumento de casos, tal y como ha quedado patente en la jornada “Avances en Depresión en Atención Primaria”, organizada por Lundbeck.

 

En palabras del Dr. Miguel Alfonso García Escudero, psiquiatra de la Unidad de Hospitalización de Agudos y Unidad de Trastornos Bipolares del Hospital General Universitario de Elche, “a pesar de que no dispongamos de estudios longitudinales todavía bien diseñados, todo apunta a que la pandemia de la COVID-19 va a dar lugar a lo que algunos han denominado la cuarta ola, un incremento de los problemas de salud mental, sobre todo de aumento de la ansiedad y depresión en la población general como respuesta a los muchos factores de riesgo, desde el confinamiento, a las medidas de distanciamiento social, la soledad impuesta a muchas personas, los enormes efectos a nivel económico y los propios efectos directos de la enfermedad, sin olvidar a los enfermos con trastornos mentales crónicos”.

 

Los trastornos de ansiedad, ya antes de la pandemia, eran los más frecuentes entre la población general, como se desprende de estudios poblacionales como la encuesta nacional de salud de EE.UU., que cifra su prevalencia a lo largo de la vida en el 29%, y la de la depresión, en el 21%[2].

 

Depresión  y ansiedad, bien diferenciadas en las clasificaciones diagnósticas como el DSM-5[3], comparten, sin embargo, síntomas, bases neurobiológicas y factores etiológicos, lo que dificulta su diagnóstico diferencial. Además, existe una elevada comorbilidad entre ambas patologías. Así, hasta el 85% de los pacientes con un trastorno depresivo tienen ansiedad y hasta el 90% de los que sufren un trastorno por ansiedad tienen depresión comórbida[4].

 

Para el  Dr. García Escudero, “por mi experiencia, en la mayoría de pacientes atendidos en los primeros estadios de la enfermedad, no está delimitado dónde empieza la depresión y acaba la ansiedad y, además, manifestarán unas veces síntomas más acusados en un extremo y, en otras ocasiones, en el otro y, más aún, se desplazarán desde uno al otro, con más frecuencia desde la ansiedad a la depresión”.

 

En cuanto al tratamiento de los pacientes con depresión y ansiedad, el especialista del Hospital General Universitario de Elche considera que los profesionales sanitarios “no deberíamos dudar en emplear antidepresivos cuando están indicados. La elección óptima para cada paciente vendrá determinada, en buena medida, por el perfil de tolerabilidad de fármaco, la experiencia del médico prescriptor con cada uno de ellos y, con mucha frecuencia, por si el paciente hubiera tenido un episodio previo y hubiera respondido a un fármaco en concreto con anterioridad”. Además, ha destacado que “vortioxetina mejora la clínica de ansiedad en los pacientes depresivos, según los datos de los ensayos clínicos, y que esa mejoría comienza pronto, siendo significativa a la cuarta semana”.

 

 

Embotamiento emocional en depresión

Otro de los temas principales de la sesión ha girado en torno a la importancia de abordar el embotamiento emocional como una prioridad diagnóstica en el proceso evolutivo de la depresión, tal y como ha puesto de manifiesto el Dr. Lorenzo Armenteros, médico de familia en el Centro de Salud Illas Canarias, en Lugo, durante la jornada celebrada a través de distintas sedes físicas en España y simultáneamente de forma virtual en Lundbeck Academy.

 

El embotamiento emocional es un estado en el que se observa una atenuación o aplanamiento de las emociones, tanto las positivas como las negativas. Los pacientes sienten indiferencia ante muchos aspectos de sus vidas que deberían importarles, como la familia, los amigos o el trabajo. Los síntomas son particularmente destacados cuando se alcanza la remisión de los síntomas nucleares de la depresión y se reanuda la actividad cotidiana normal que había reducido o suspendido durante la fase aguda de la enfermedad.

 

Aproximadamente la mitad de los pacientes que reciben tratamiento antidepresivo con ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina) o IRSN (inhibidores de la recaptación de serotonina y noradrenalina) padecen embotamiento emocional[5] y, como consecuencia, abandono del tratamiento[6], mayor riesgo de recaída y dificultad para alcanzar la plena recuperación funcional. Sin embargo, el embotamiento emocional no puede describirse simplemente como un efecto secundario de los antidepresivos, sino también como un síntoma de depresión, como han puesto de manifiesto los especialistas.

 

El  Dr. Armenteros ha compartido con los asistentes el estudio COMPLETE, que constata una reducción del embotamiento emocional en pacientes con trastorno depresivo mayor en tratamiento con vortioxetina.

 

Ancianos con depresión y otras enfermedades coexistentes

La población anciana es otro colectivo especialmente afectado por la pandemia y sus consecuencias. La depresión en el anciano es frecuente y presenta mayores niveles de ansiedad, sintomatología hipocondriaca, ideación suicida, más repercusión en la vida diaria y menor expresión de tristeza, en comparación con el adulto[7].

 

Entre los síntomas clave de la enfermedad en este grupo de población se encuentran los problemas de atención, concentración y memoria, tal y como ha explicado el Dr. Luis Agüera, del servicio de Psiquiatría del Hospital 12 de Octubre de Madrid, quien ha señalado que “los factores que influencian la cognición en la depresión son el número de episodios depresivos previos, la depresión crónica, la gravedad de la enfermedad y las comorbilidades”.

 

En cuanto a la relación entre depresión y enfermedad de Alzheimer, el Dr. Agüera ha aclarado que “la existencia de episodios depresivos anteriores, suponen un factor de riesgo para la enfermedad de Alzheimer mientras que la depresión de inicio tardío puede ser un posible pródromo, por lo que es necesario un seguimiento de la función cognitiva en todos los pacientes con depresión, incluso después de la resolución del episodio depresivo”.

 

El tratamiento de la depresión en el paciente anciano requiere “de cuidado y contundencia”, según se ha puesto de manifiesto en el encuentro, ante la necesidad de valorar la situación cognitiva, los factores de riesgo vascular, las enfermedades coexistentes y sus tratamientos o el mayor riesgo de interacciones entre fármacos, entre otros factores. “En el tratamiento de la depresión que aparece en la demencia son preferibles los antidepresivos que han mostrado mejoría en la cognición” ha concluido este experto.

 

Telemedicina en atención primaria

La pandemia también ha introducido un cambio en la relación entre los médicos y pacientes. La atención es ahora “multicanal, multidispositivo y multimedia”, en palabras de la Dra. Carmen Jódar, médico de familia en el Centro de Salud de Castilleja de la Cuesta, Sevilla, y miembro de la Comisión de Implantación de Salud Digital de Andalucía.

 

Las necesidades de los pacientes han cambiado en los últimos 20 años. Tienen una mayor formación y son demandantes activos y críticos de información sanitaria. Buscan una atención sanitaria basada en explicaciones e indicaciones, en inmediatez de atención y con menos barreras burocráticas y económicas. Y también buscan calidad en los cuidados[8].

 

En opinión de la Dra. Jódar, “en este nuevo entorno, aumenta la participación del paciente. Aquellos mejor informados siguen mejor las directrices de sus médicos y, además, obtienen tasas más elevadas de cumplimiento de tratamientos, y por tanto, mejores resultados”.

 

Si bien la telemedicina abre un gran abanico de oportunidades, se deben valorar las ventajas e inconvenientes en cada caso. Para la consulta telefónica en depresión, esta experta considera imprescindible “estructurar la llamada, saludar de forma afectuosa, favorecer una comunicación fluida y que la intervención vaya dirigida a la valoración de los síntomas, para lo que se deben plantear preguntas directas, sencillas y abiertas que permitan al paciente espacio para expresar sus sentimientos. Debemos saber manejar los silencios y dejar siempre abierta la posibilidad de la visita presencial”.

  

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